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El País, entrevista a Edith Bruck, superviviente de Auschwitz

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado

Íñigo Domínguez

El País, Ideas, 21 FEB 2026

Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con EL PAÍS en su casa del centro de Roma.

Domenica In’ TV show, Rome, Italy – 28 Jan 2019

P. Cuando salió de los campos de concentración estaba sola en el mundo. ¿Alguna vez ha vuelto a sentirse en casa?

R. No, entonces ya no había hogar, ya no había padres, no había nada. Volví a mi pueblo de Hungría y nos echaron hacha en mano. Seguían siendo fascistas, temían que denunciáramos a alguien. No es mi estilo, no soy una justiciera. Yo solo intento hacer algo útil, una gota de bien en este mar oscuro.

[…]

P. Cuando salió de los campos, tardó años en encontrar su lugar.

R. Acabé en un campo de tránsito en Múnich, esperando para ir a Israel. Había mujeres alemanas que nos pedían comida alrededor de la valla. Mi hermana y yo la compartimos con ellas, quizá quería mostrarles cómo debe comportarse un ser humano con los demás. No conozco el odio. No odio a nadie. Y no es porque sea religiosa ni tenga fe en el más allá. Si hay alguien más allá, pagarán; si no, no. No soy yo quien hace pagar a nadie.

[…]

En cuanto me divorcié, me llamaron para ir al ejército (de Israel) y me fui del país. No quería hacer el servicio militar. No quiero uniformes en mi vida. En 1954 acabé en Nápoles y solo de ver la sonrisa de la gente me dije: “En este país puedo vivir”. Para mí el idioma fue una bendición. Era el muro que me protegía de mi lengua materna. Aprendí italiano, empecé a escribir y no paré.

[…]

No tengo buen recuerdo de mi país. Aunque no todos eran malos. Una mujer le dio harina a mi madre, nunca lo olvidaré. Un granjero rico vino al gueto con una carreta y arrojó comida desde el muro, parecía maná del cielo. Representaban la bondad humana, la esperanza. Solo se necesita una persona entre mil, y lo representa todo. En Dachau un cocinero me dijo: “¿Cómo te llamas?”. No se imagina lo que significaba eso allí. Me regaló un pequeño peine. Otro me tiró un guante agujereado, para el frío. Otro me dio un plato para lavar y había dejado dentro mermelada. Sin eso hoy no estaría aquí, de eso estoy segura.

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