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Mayo 68

Desde la Fila Cero

Entre 67-72 era estudiante en Hamburgo y allí formé parte del movimiento de rebelión que culminó en Paris en mayo del 68. Viví aquellos meses guiado por la promesa de transformar revolucionariamente el mundo y el entorno en otros bien diferentes, liberados, comunes, compartidos, propios y mejores. Así habíamos abierto rutas efervescentes despegadas del mundo, y embebidos en aquella piratería festiva llegamos a tocar con las yemas de los dedos una liberación gozosa.  Sin embargo, pronto notamos que le faltaba base a aquella esperanza y al no cumplirse ni por asomo, nos hizo quedar aislados como “la pequeña minoría radical” que pronto se desbarató devolviéndonos derrotados a la realidad marcada por un orden que no habíamos logrado superar, que se había mostrado inexpugnable ante el propio intento revolucionario. En esa realidad, que ya ni a corto ni a medio plazo prometía un vuelco revolucionario, había que volver a enhebrar horizontalmente nuestras rutas de vida.

Aquella rebelión prometió mucho, pero al no cumplirlo dejó rienda suelta a la reacción.  Es bueno haberla gozado, pero no es para repetirla. En adelante volemos menos y seamos más topos, me decía, y con esa conclusión me quedaba del 68 un recuerdo apagado, más bien disuasorio.

En esa tesitura me llegó la invitación de Amador a participar en el seminario sobre el sentido actual de una memoria política del 68.  Entendí que se trataba de formar parte de un grupo de buscadores de recuerdos de aquel 68, trasmisores de esperanza para el presente. Eso era demasiado tentador: Al descubrir recuerdos que injertar en el presente apuntando al futuro con esperanza, iban a reorientarse, ampliar y encenderse los que había guardado, lo que de paso iba a retocar mi propia identidad quedando más a mi gusto.  

“Para recordar hace falta un amigo”, había escrito Ingeborg Bachmann. Por eso fui unos días a Hamburgo a hablar con los amigos que había hecho en aquel movimiento: Lo que revivimos juntos me aportó tres claves para la búsqueda de lo esperanzador.

1.- Aquella rebelión no les había sacado del mundo requetesabido en que se habían movido hasta entonces sus vidas, pero había roto irremediablemente las torpes fidelidades que les tenían adheridos a él. Esa rotura interior liberadora ya se estaba gestando a su manera, con pequeños movimientos y calladamente en cada uno de ellos, pero se abrió paso tumultuosamente encauzada en el movimiento. Así, por dar un ejemplo, Anke, que formaba aquellos años pareja conmigo, no quería que su hija fuese educada como ella lo había sido y decidió romper aquella inercia enviándola, no a un jardín de la infancia como tantos otros, sino al “almacén antiautoritario de niños 1” que estábamos gestando un colectivo de padres en Hamburgo.

2.- Lo que les marcó no eran tanto los sucesos épicos de las grandes movilizaciones y más fuertes enfrentamientos durante 1967 y 1968 sino los años posteriores en que el levantamiento se había ya dispersado encaminándose en la famosa larga marcha a través de las instituciones.

3.- Tan esperanzador como el recuerdo de quienes iniciaron aquella rebelión y la fustigaron desde su centro puede ser el recuerdo de los que vivían fuera, pero se sintieron atraídos, se acercaron y metieron más o menos en ella. 

Mayo 68 Juan Hamburgo Universidad

Así fui a Sevilla a sentarme en la fila 0, la de los que no presentábamos ponencias, pero sí íbamos a hacer aportaciones desde nuestra experiencia.

El tema central de aquel seminario fue el mayo francés, los planteamientos críticos marxistas que se habían elaborado en el seno de “socialismo o barbarie” y de la “internacional situacionista”, la dimensión estética, los espacios públicos, y la incorporación de la clase obrera a la rebelión. 

Llevaba preparada una exposición del caso alemán, pero pensé que hacerla por así decir en paralelo, más bien embrollaría. Por eso la dejé de lado como aquí hago resumiéndola en un recuadro. 

En Alemania al principio de la rebelión los planteamientos críticos marxistas eran cosa de muy pocos –de los llamados “ideólogos jefe”-. y sólo años después calaron en el movimiento ya en dispersión, en una digestión apresurada y mas bien mala que dejó medio crudas sus aristas dogmáticas a lo que siguió a la formación a partir de 1969 de los denominados “grupos K” (marxistas/leninistas) y la inmunodeficiencia ante la tentación de violencia que dio lugar a la RAF y otros brotes.
Buscábamos un giro radical de la democracia, la erradicación de las componentes nazis que ocultaba, el triunfo en la lucha por la independencia frente al imperialismo americano con sus regímenes títeres en el Tercer Mundo, queríamos superar la educación represiva, el clientelismo en la Universidad y el amarillismo criminal de la prensa encabezada por el “Bildzeitung”.  No se trataba de tomar el poder, sino de revelar la falsedad de su construcción, y lo hacíamos con escaramuzas y happenings.    

Así entré en los debates del seminario no abriendo el espacio de Hamburgo, sino tratando de trasladar mis conjeturas hamburguesas al campo de recuerdos de París.

Planteé entonces la tremenda sospecha de que aquella rebelión se había desbaratado porque no se podía sostener en la lógica de su escalada, que era la dialéctica negativa, el pasodoble del “no” que atraviesa el marxismo desde su primer manifiesto. Esa dialéctica nos presentaba al proletario como quien no tenía que perder más que sus cadenas y encarnaba así el género humano. En 1968 padecíamos muchas miserias, humillaciones, y sinsentidos, pero teníamos todos también bastante que perder y no estábamos dispuestos a ello, por eso se escondía lo que seguíamos agarrando sordamente bajo los grandes gestos con que nos rebelamos.  En ellos vibraba la dialéctica del “no al no”, pero nuestros comportamientos ya no encajaban en ella.  El SÍ a la vida liberada no podía ser simplemente el fruto de un NO al NO a la realidad, tenía que dar también un SÍ reconociendo y apreciando nuestros apoyos en la realidad misma que queríamos superar.

Por más de 150 años esa dialéctica de la negación ha jugado el papel emancipador que ha arrastrado durante media docena de generaciones a muchos miles entre los condenados de la tierra, pero en mayo del 68 ese papel ya no encajaba y a partir de allí sólo ha continuado en gestos escénicos, como el de “Macht kaputt was euch kaputt macht”. (Machacad lo que os machaca)

El SÍ liberador a la vida no se engendra en una cadena de “NOES”, los transciende. Si se olvidada esa afirmación de la vida, el recuerdo queda sin significado ante el futuro.

Sabemos que nuestros recuerdos son selectivos. Para que del 68 no quede a fin de cuentas una memoria reactiva, hay que ampliar la selección añadiendo al recuerdo del vuelo al que se dirigían las miradas el del suelo que tapaban nuestros pies al sostenerse en él. Hay que hacer para eso arqueología, es decir, recuperar además de lo que se vivió con intensidad en las vibraciones de la insurrección, los aprovechamientos que hacíamos a la chita callando de la realidad, y dejábamos en el olvido. Una nimiedad a recordar, por ejemplo, son los paquetes con ropa sucia que enviaban las comunas de 67/68 por correo a casa de sus madres y que volvía religiosamente lavada, planchada, y a veces con la sorpresa de reencontrar sabores de la niñez en una tarta allí envuelta.

Las presentaciones y debates fueron ricos y bien llevados, pero no percibí en ellos apenas recuerdos del suelo. Por eso comenté que aquello parecía una pista de patinaje con artistas haciendo piruetas autocomplacientes en el aire, pero sin sombra. Y también solté la «frasota» de que “una revolución que ni reconoce ni aprecia nada en la realidad que quiere superar es una media cosa al cuadrado”. 

A mi entender, el mejor filón del que extraer los recuerdos del suelo se encuentra tras el desmoronamiento del levantamiento, a partir de los setenta ya en los tiempos en que se trazan rutas de vida con estrategias de supervivencia abriendo espacios de alegría y goce en esa realidad a la que no estamos ya adheridos. Han sido y siguen siendo años de búsqueda del cielo por el suelo y el subsuelo y pienso que su recuerdo puede engarzarnos más con los jóvenes hoy en tensión con la realidad que enmaraña sus vidas. Algo afloró de ese filón, pero mucho queda por hacer.

Y mucho que hacer hay también con los jóvenes que estuvieron en el seminario bien asomados a los recuerdos del 68. y a las reflexiones que se hicieron sobre el mundo de hoy bajo el imperio del mercado que absorbe y satisface todas las necesidades, a cambio del dinero que no te da por tu trabajo como mileurista y te constituye en precario que “no tendrás casa en tu puta vida”.  Su presencia es preciosa porque en ellos, sus derivas y nichos se injertará el recuerdo esperanzador que desde la tiranía del mercado apunte al otro mundo mejor.

Juan Gutiérrez 

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