Blog

¿Sobreviviremos los seres humanos?

La Paz Viva y una nueva Era

  • Texto inédito escrito en marzo de 2025 por Juan Gutiérrez

Nosotros, ustedes que me están leyendo y yo, pese a nuestra diferencia de edades, estamos viviendo juntos un cambio que tiene lugar en la relación entre la especie humana y la naturaleza.

Hemos recorrido juntos los humanos la Era que ha culminado en la dominación de la naturaleza y del resto de la humanidad por parte del occidente capitalista, hasta el punto en que la naturaleza explotada, empobrecida y ensuciada ya no puede soportar a la especie humana y la coloca al borde de su extinción.

Al mismo tiempo somos cada vez más conscientes, no solo del peligro creciente de extinción de nuestra humanidad junto con la de muchas especies de animales y plantas, sino también de la Paz Viva, es decir de las innumerables e incesantes acciones en las que vertemos la propia vida, como todos los seres vivos, en la de los demás y/o en la naturaleza por su bien y su gozo.  Esta conciencia nos hace esperar que, con el fin inevitable de esta Era, que ha culminado con el dominio completo de la naturaleza y de la mayor parte de la humanidad por parte de una minoría, no se extinga nuestra especie, sino que se inicie una nueva Era en la que los humanos vayamos mejorando nuestra forma de convivir con la naturaleza y entre nosotros.

Tal como lo he planteado frontalmente y sin más, el tema que les propongo suena como algo enorme, apocalíptico y pesimista, dejando entrever que la Paz Viva no es más que una ensoñación, que la cruda realidad de nuestra extinción va pronto a disipar.

Voy por eso desmigando paso a paso este planteamiento, esperando hacerlo entendible y tratable entre nosotros.

La Paz Viva, que consiste en acciones en que vertemos la vida propia en la de lo demás y/o en la naturaleza por su bien y su gozo, existe desde que hay vida sobre la tierra, porque surge por lo que Freud llama “pulsión fundamental” común a todos los seres vivos, animales o vegetales. Eso podemos comprobarlo observando alguno de los magníficos reportajes acerca de la vida animal, que nos muestran cómo animales de cualquier especie vierten sus vidas en las de sus crías, para cobijarlas, protegerlas, alimentarlas, acariciarlas, educarlas. Y en relación con el mundo vegetal nos muestra la Paz Viva el libro “El Futuro es Vegetal” del biólogo italiano Stefano Mancuso, donde expone que en un bosque los árboles están conectados unos con otros por medio de sus raíces y que los árboles sanos y jóvenes vierten así su savia en los árboles viejos y enfermos para fortalecerlos.

Esa Paz Viva, gracias a la que las especies tienen descendencia, generación tras generación, es algo poético, erótico, con una sabiduría muy superior a la que ha alcanzado la humanidad, trascendente, pero no es patente, sino latente y está además desteñida, reseca y mutilada.

La Paz Viva es latente porque se entiende a sí misma como algo evidente, nada extraordinario ni digno de llamar la atención.

La Paz Viva además no puede andar sola, porque es sólo una cara de la Paz de las dos caras, como ya han mostrado Adam Curle, Johan Galtung y J.P. Lederach. Una cara es la Paz Viva o paz positiva; la otra cara es la Paz Metálica o paz negativa, de rechazo a las violencias inhumanas. Ambas caras han de conjuntarse en vez de competir para construir la Paz.

Antes de que apareciera la especie humana, durante millones de años, en los que se conjuntaban o competían las dos caras de la paz, fue enriqueciéndose y diversificándose la vida en la tierra, la naturaleza; nuevas especies de animales y vegetales reemplazaron con creces a las que iban desapareciendo.

Eso cambió tras aparecer la especie humana, cuando ya iba cobrando un cierto poder para intervenir en la naturaleza. Paso a paso fue consolidándose la voluntad de dominarla y explotarla haciendo de ella un basurero.

Esta tendencia se agudizó cuando grupos de gente empezaron a entender la naturaleza como la creación desde la nada un ser superior, llamado Dios, omnipotente y eterno, es decir que ya existía antes de la naturaleza, su creatura.

Ese Dios judeo-cristiano era y se proclamaba infinitamente bueno, pero, aunque no se proclamase, era, sobre todo, puritano, o sea censor de todo lo erótico, con lo que se separaba de la naturaleza, incluidos todos los seres humanos engendrados por unión sexual entre un ser femenino y otro masculino, por consiguiente, engendrados en pecado, no cometido, el pecado que nos originó, original.

Aquí la excepción que nos separa es Dios, cuyo hijo, también Dios, Cristo, fue engendrado sin pecado original, por su madre virgen, y que durante su vida en la tierra nunca hizo el amor, ni siquiera consta que se hubiese masturbado.

Esta creencia se impuso al adueñarse del Imperio Romano, unos 300 años tras la muerte de Cristo, cuando soldados judíos encabezaron su tropa con una cruz y el lema “con este símbolo vencerás”.

La victoria del cristianismo imperial como religión no ha sido, sin embargo, nunca total. Así hacia el 1600 Baruch Spinoza, un judío sefardita, filósofo forzado a emigrar a Portugal y luego a Rotterdam, huyendo de la persecución, escribió una frase famosa “Dios, o sea la naturaleza”, que recogía planteamientos de varios místicos cristianos, que, en contraste con la versión oficial de la iglesia, que mantenía que los seres humanos estamos creados a imagen y semejanza de Dios, afirmaban que somos “scintilla Dei” (chispas de Dios).

La comunidad judía de Rotterdam trató de aplastar estos planteamientos, expulsando de su seno a Spinoza acusado de ser ateo.

Ese cristianismo imperial, promulga que Dios ha existido ya antes de la naturaleza, su creación, y antes también de que apareciera en la tierra la Paz Viva. Este Dios anterior y ajeno a la Paz Viva ha sido, pues, fabricado por un grupo de humanos, arrebatando los atributos de la deidad, propios de la Paz de las Dos Caras y atribuyéndoselas a sí mismo. Sin embargo, por debajo de esta atribución, se revela en el trasfondo su carácter belicoso, celoso y puritano.

Al despojar de la Paz de las Dos Caras sus atributos propios la Paz Viva perdió su magia, su erotismo, su fascinación y colorido, se resecó y quedó reducida a algo escuálido, ascético y débil, difícilmente practicable.

Esa debilidad de la Paz de las dos caras no supuso, sin embargo, un problema para el cristianismo imperial, pues afirmó que los humanos además de engendrados en pecado somos también pecadores. Creó así un instrumento, la confesión, para que Dios nos perdone nuestros pecados, y de paso controlarnos por la espalda, decidiendo además que todo bien procede de Dios.

Pero el cristianismo al cobrar su dimensión imperial y guerrera, añadió algo contrapuesto al mensaje de Cristo recogido en los evangelios de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” e incluso al mandamiento de “amad a vuestros enemigos”.

Así en el cristianismo compiten entre sí dos planteamientos: Uno imperial, guerrero y tenebroso, empeñado en dominar y explotar la naturaleza y el otro luminoso, pacífico, esperanzador, empeñado en convivir con la naturaleza y revitalizar la Paz Viva secundada por la paz metálica.

Esta belicosidad y celos del cristianismo imperial se pusieron de manifiesto en las persecuciones de los judíos, en las cruzadas contra el islam y en las guerras entre cristianos obedientes al obispo de Roma y desobedientes o herejes.

La consiguiente debilidad de la Paz se puso de manifiesto en paralelo a la creciente fuerza de la guerra. Gracias al dominio de grupos humanos sobre la naturaleza se han podido extraer de ella   materiales suficientes para construir armas cada vez más mortíferas y de mayor alcance, desde el arco y las flechas, hasta la bomba atómica y los misiles intercontinentales.

Este crecimiento cada vez más acelerado del potencial destructivo de la guerra ha tocado un tope al ser tan desmesurado que asegura la aniquilación no sólo de los derrotados, sino del conjunto de la humanidad, lo que en inglés se denomina MAD y en español “Locura” (Mutual Assuried Destruction = Destrucción Mutuamente Asegurada). La guerra así ya no deja espacio para los vencedores, sino que le hace a toda la especie humana igual de vencidos y aniquilados, por tanta potencia destructiva, que es capaz de eliminar miles de veces a la humanidad, lo que en la jerga militar se denomina en inglés “overkilling capacity”.

Los señores de la guerra, capitaneados entonces por los EE UU y la Unión Soviética, decidieron entonces que las armas nucleares no podían usarse para ganar la guerra, pero sí servían para amenazar desarrollando más y más su potencial destructivo, con lo que siguieron acelerando la carrera armamentista.

Se trata, sin embargo, de una carrera absurda, porque una amenaza que no se puede cumplir ya no amenaza. Hay, pues, que ponerla al borde de su realización.

En esa situación, al borde de su extinción, está la humanidad desde hace ya 50 años. Y, aunque parece imposible, las cosas van de mal en peor; cada vez es más fácil fabricar armas nucleares, cada vez más países pueden hacerlo, están fabricándolas y almacenándolas, con lo que hay una proliferación. Los dirigentes de los países ansían además pertenecer al club de las naciones que disponen de armamento nuclear.

La humanidad tiene, pues, desde hace ya 50 años, montado, puesto a punto, engrasado y listo para entrar en acción un mecanismo que al hacerlo asegura su extinción.

Muy lentamente ha ido la humanidad, encabezada por la comunidad científica, tomando conciencia de este peligro y tratando de reaccionar.

Pero ya desde mucho antes, desde que, tras de la aparición con los evangelios del cristianismo empeñado por la paz de “amarás al prójimo como a ti mismo”, al instaurarse el cristianismo imperial, frente al peligro de la guerra, fueron surgiendo movimientos intentando fortalecer la paz.

No tenemos aquí tiempo para tratar de describir aquí esos movimientos uno por uno, basta con señalar algunos.

Cuando en el siglo XVI aparecieron las iglesias protestantes, casi todas ellas decidieron ponerse al servicio del poder político guerrero, pero hubo una excepción, los menonitas, que surgieron en ciudades de Suiza, Holanda, Alsacia y que eran pacifistas, rechazando responder con violencia a cualquier agresión. Pronto fueron perseguidos por los gobiernos y forzados a dejar las ciudades y refugiarse en lugares recónditos de zonas rurales en países cuya lengua y costumbres desconocían.

Ya en el año 1648, al acordarse la Paz de Westfalia para dar fin a las devastadoras guerras de los 30 y 80 años entre países cristianos, el acuerdo que alcanzaron siete países negaba a las iglesias y en particular al Papa el poder de desencadenar una guerra, con lo que le apartaron de la política.     

El peligro de extinción de la humanidad se agigantó y se hizo evidente para todo el mundo cuando los EE UU en agosto de 1945 hicieron estallar dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, con lo que terminaron la 2ª Guerra mundial como vencedores.

También mundial fue la reacción en defensa de la paz y buscando fortalecerla, que se manifestó de varias formas:  Una la creación en 1948 de las Naciones Unidas – ONU – en defensa de la paz, la mayor organización de estados, 193, jamás existente. Otra, p. ej., el que las iglesias alemanas publicasen en las revistas más leídas del país un mapa en que se mostraban los lugares secretos desde los que se planeaba lanzar armas nucleares. Otra el cerco durante años de esas bases de Greenham Common en Inglaterra por mujeres y de Comiso en Sicilia, hasta conseguir su cierre. Y otra más, el despliegue de un amplio movimiento por la paz, encabezado por personajes ilustres, como Einstein, Martin Luther King o el pensador británico Bertrand Russell, quien ya el mismo día de explosión nuclear en Hiroshima – el 6 de agosto de 1945 – comenzó a redactar una carta que publicó 10 días más tarde con la siguiente frase:

La perspectiva de la raza humana se ha oscurecido más allá de cualquier precedente. La humanidad se enfrenta a una clara alternativa: O bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común. Un nuevo pensamiento político será necesario si se quiere evitar el desastre final.

Bertrand Russell

La gran movilización ciudadana por el fortalecimiento de la paz con que se respondió al estallido de las dos bombas atómicas reclamaba tres cosas: “OTAN no, Bases fuera, Desarme por la Paz”. De acuerdo con esas tres consignas fue además apareciendo toda una serie de centros de investigación por la paz que contribuyeron a fortalecerla; ahí destacó la aportación de Federico Mayor Zaragoza, entonces secretario general de la UNESCO, planteando el término de “Cultura de Paz”.

Sin embargo, paso a paso ha ido debilitándose ese movimiento por la paz, la ONU ha ido perdiendo poder que ha ganado la OTAN, organización militar encabezada por los EE UU. que han creado más de 600 bases reconocidas y unas 100 secretas, en todo el mundo. El segundo país es Inglaterra con 20 y tantas y Rusia es el tercero con menos de 20. El ejército de los EE UU tiene además más capacidad destructiva que la de todo el resto de ejércitos del mundo juntos.

Las guerras parecían, sin embargo, alejadas de varios países satélites de una u otra de las dos superpotencias, a su sombra por así decir.  Uno de esos oasis de paz, mejor dicho, de ausencia de guerra, era Europa Occidental.

Pero, sobre todo tras la muerte de Tito en 1980, la guerra fue acercándose y 45 años después Donald Trump como presidente de los EE UU exige que Europa Occidental participe en la carrera armamentista.  Así hemos llegado hace tres años a la guerra entre la Rusia de Putin y la Ucrania de Zelenski, que no es una guerra entre una democracia occidental y un imperialismo de la Rusia de Putin, sino de dos imperialismos encabezados por Putin, por Zelenski y entretanto por Donald Trump.

Los centros de investigación por la paz y la mayor parte de la comunidad científica han continuado con los objetivos de “OTAN no, Bases fuera, Desarme por la Paz”, pero ni la gente, ni los medios, ni los gobiernos los escuchan, porque los EE UU proclaman “OTAN sí, Bases bienvenidas, rearme defensivo y ofensivo por la Paz”. Este terrible vuelco espachurra a la humanidad contra el momento de su extinción y de paso muestra que, aunque indudablemente ha avanzado la Cultura de Paz, ha avanzado mucho más la incultura de la Guerra.

Pero aún seguimos vivos, algo inexplicable y asombroso. Por eso tenemos que buscarle una explicación no menos asombrosa.

Sabemos a estas alturas que la supervivencia milagrosa de nuestra especie se debe a la Paz Viva secundada por la Paz Metálica, pero para entender cómo se despliega esa Paz Viva tenemos que echar la vista atrás por unos años y muy atrás por millones de años.

Así desde el inicio del siglo XX estamos viendo el imparable avance del feminismo.

También desde esa fecha van alternándose papas que lideran el cristianismo imperial guerrero, como Pio XII, con papas empeñados en el cristianismo de “amarás al prójimo como a ti mismo”, culminando con el Papa Francisco, que ha invertido el que Dios cambia los papas haciendo que ahora el Papa cambie a Dios.

Hacia 1940, cuando yo era niño, el Dios cristiano era un solo dios verdadero, bien distinto de Alá, un falso dios y su enemigo. Hoy, en cambio, nos enseña el Papa Francisco que Jehová, la Santísima Trinidad, y Alá, son manifestaciones distintas del mismo Dios.

Volviendo la vista muy atrás, hasta un pasado anterior a nuestra aparición como especie humana, en búsqueda de las obras realizadas a lo largo de la evolución de las especies vegetales y animales por la Paz Viva, pronto nos encontramos con algo asombroso, con la inteligencia infinita que ha guiado esta evolución y que se muestra en la sabia disposición de los  órganos de cada animal o de las componentes de cada vegetal,  que les permite realizar las actividades necesarias para vivir, para reproducirse y para que evolucione la especie.

Si no estamos ciegos sin percibir asombrados el maravilloso orden que hay en los órganos de cada bicho, cada mosca, caracol o jirafa, – donde están sus ojos, sus hígados, sus patas, sus uñas -, nos daremos cuenta de la infinita inteligencia, escrutadora del futuro, que generó ese orden, inteligencia de la Paz Viva. Esperanzadora.

Es cierto que Dios como construcción humana ha muerto como ya afirmaba Nietzsche en “Así habló Zaratustra”, y un siglo antes había constatado el matemático y astrónomo Laplace con la frase “Dios es una hipótesis de la que se puede prescindir”, que nos confirma que “Dios es algo ficticio”.

Sin embargo, al evidenciarse que Diosnuncaha existido, se evidenciaasimismo que su ausencia ha dejado un hueco, con lo que surge la pregunta de quién ocupará ese hueco.

Nietzsche mismo ya contestó esa pregunta, afirmando que el superhombre, armado con su voluntad de poder, ocuparía ese hueco.

Esa afirmación de Nietzsche ha tenido muchos seguidores y funestas consecuencias. La más notoria, es la del Superman ario armado con su voluntad de poder absoluto, encarnado por la raza alemana que ejecuta ese poder persiguiendo y eliminando la raza judía de infrahombres degenerados. La más reciente es el genocidio del pueblo palestino en la franja de Gaza perpetrado por Israel. La que más me ha afectado ha sido el debate amistoso que mantuvo conmigo Rudolf Bahro manteniendo que la salvación de la humanidad va a ser obra de la princesa o el príncipe de la transición ecológica, a lo que yo contrapuse que sería obra de gente común y corriente, de “Otto normal Verbraucher”.

Me gusta comparar esta tesis mía con el movimiento de una ola del mar al acercarse a una playa. La cresta de la ola es espumosa y va arriba, aunque pronto se desploma, puede que la muevan personas sobresalientes, pero así la ola no avanza.  Lo que la hace avanzar es la ola de fondo, obra de la gente normal y corriente.

Resumiendo: hemos recorridos juntos la historia de la vida en la tierra desde mucho antes de la aparición de la especie humana hasta hoy cuando todo indica que ya debiéramos habernos extinguido y que es inexplicable que esto aún no haya sucedido.

Tratando de entenderlo recurrimos a Dios, todo poderoso, infinitamente bueno, eterno, pero pronto encontramos que ese Dios ha muerto o, mejor dicho, nunca ha existido, ya que es un mero artefacto fabricado por unos cuantos seres humanos, algo irreal.

Lo que en cambio existe desde la aparición de la vida en nuestra tierra es la Paz Viva; según Freud la pulsión fundamental común a todos los seres vivos, animales o vegetales, que nos lleva a verter la propia vida en la de otros y/o en la naturaleza por su bien y su gozo. Echando la vista muy atrás, millones de años antes de la aparición de la especie humana en la Tierra, encontramos que la Paz Viva ha orquestado la evolución de las especies con una inteligencia asombrosa, erótica y profética, que ya mucho después se ha ido apropiando ese Dios, artefacto que nunca ha existido.

Nuestra especie forma parte de esa Paz Viva, que es la misma Naturaleza, como ya mostró   Spinoza.

Se trata, pues de algo bien sencillo: de devolver a la Paz Viva los atributos divinos que siempre tuvo y sigue teniendo pero que una minoría de seres humanos ha tratado de atribuir a un dios ficticio, artefacto que nunca ha existido.

Equipada con los atributos que le corresponden, ya es el momento de preguntar a la Paz Viva por su don profético. Ya sabemos que esta Era está agonizando, ¿agoniza también la especie humana o vamos a sobrevivir?

La respuesta es esperanzadora: Formamos parte de la Naturaleza, de la Paz Viva, una parte muy especial.  Con nuestra inteligencia humana podemos sentir hoy la necesidad de lograr y la capacidad de gobernar la transición ecológica, que nos permitirá vivir como especie la Era de convivir como parte de la Naturaleza.

Para terminar, voy a hablar de dos filósofos alemanes y sus obras: Ernst Bloch y su obra “Das Prinzip Hoffnung” (El Principio Esperanza) y Hans Jonas años después publicó su obra “Das Prinzip Verantwortung” (el Principio Responsabilidad).

Ambas obras parecen contrapuestas, pero son más bien complementarias:

En resumen “Das Prinzip Hoffnung” señala que además de los sueños nocturnos que soñamos dormidos, soñamos también de día y despiertos y que estos sueños diarios son esperanzadores y manifiestan “Das Prinzip Hoffnung”.

“Das Prinzip Verantwortung” señala los seres humanos somos responsables de las consecuencias de nuestros actos, no culpables mientras no nos damos cuenta de nuestra responsabilidad. Por eso insisto en que “Das Prinzip Hoffnung” y “Das Prinzip Verantwortung” son complementarios y generan esperanza en nuestra sobrevivencia como humanos.

Una versión popular del Principio Esperanza es el dicho alemán que se repite desde hace 500 años

Mich wundert, daß ich so fröhlich bin

Ich komm, weiß nicht woher,
Ich bin und weiß nicht wer,
Ich leb, weiß nicht wie lang,
Ich sterb und weiß nicht wann,
Ich fahr, weiß nicht wohin:
Mich wundert, daß ich so fröhlich bin.

Vengo, sin saber de dónde,

Soy y no sé quién,

Vivo, y no sé hasta cuándo,

Moriré y no sé cuándo,

Viajo, no sé hacia dónde:

Me asombra lo alegre que estoy.

Juan Gutiérrez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *